En fin, a lo que íbamos. Resulta que Jordan no solamente homenajea a Tolkien, profeta universal de la fantasía épica, sino que casi nos parece que El ojo del mundo es una versión episodio por episodio de El Señor de los Anillos, con casi todos los elementos levemente más humanizados. Tenemos un grupito de chavales granjeros que bien podrían haber sido hobbits, atacados por misteriosos jinetes negros encapuchados. Tenemos un Gandalf, dividido aquí en dos personajes que se complementan: un bardo que encarna la parte más festiva del mago tolkiano y además se sacrifica por los protagonistas mientras les suelta eso de "¡huíd, insensatos!"; y una especie de sacerdotisa con poderes mágicos que completa al mago en su vertiente mística y lanzadora de hechizos. No falta el adusto y lacónico guerrero -con ciertos derechos dinásticos- que salve las espaldas de los campesinos, ni las cuadrillas de monstruos deformes con cimitarras, aquí llamados trollocs en vez de orcos. No se echa de menos la presencia de un Gollum, ya que hay por ahí algún antiguo buen hombre caído en desgracia y desfigurado por una vejez extrema que se arrastra en la oscuridad de los pasadizos tras la cuadrilla de héroes. No falta un Señor Oscuro, aquí un personaje un tanto indefinido que se aparece en los sueños de los campesinos con ojos y boca lanzando llamas y hablando sobre su irrevocable destino. Y por supuesto, no falta un elegido al que todo el mundo lleva esperando desde el año de la tos, que ¡oh, sorpresa! justo al final resulta ser el personaje desde cuyo punto de vista ha sido contada toda la historia.
Portada de una versión en cómic.
Es decir, que no solamente tenemos un argumento calcado de cabo a rabo de la obra más archiconocida de Tolkien, sino que encima Robert Jordan parece querer zanjar todo el asunto en este primer tomo, recurriendo incluso a algunos trucos pueriles para hacer avanzar la historia (una especie de agujeros interdimensionales que hacen viajar entre los puntos más alejados del enorme mapa con que cuenta el libro) a conveniencia de lo que se le va ocurriendo según escribe. Probablemente, y es una conclusión que ni los más fans del autor podrán discutirme con pruebas serias, el norteamericano escribió este libro como un divertimento ligero para incondicionales del género, improvisando sobre la marcha en más de un punto y más de dos y, solamente a raíz de su inesperado éxito como best-seller, se decidió a escribir los otros catorce o quince tomos posteriores, en España más de veinte con la cosa de dividirlos. Se nota que este libro es perfectamente autoconclusivo, y su final bien podría haber quedado tal cual.
Edición británica en bolsillo (la que yo he leído).
La cosa es que, guardando cierto distanciamiento, me he divertido leyéndolo. Robert Jordan es muy ágil y cinematográfico en su estilo, y la historia se desarrolla a un ritmo vertiginoso que invita a seguir leyendo a pesar de que sabes perfectamente todo lo que va a pasar. De alguna manera, la novela es tan descaradamente arquetípica que su maniqueísmo le da carisma. Quizá lo peor de ella, y sé que ya la he puesto a parir, es que Jordan se afana muchísimo en ir dando breves pinceladas a una mitología totalmente incomprensible, llena de nombres imposibles de recordar aun para los aficionados al género más curtidos. Quizá piensa que el lector va a ser capaz de ir atando cabos sobre la marcha, pero esto es tarea imposible, y solamente ve uno la luz al final del túnel si echa un vistazo a los apéndices al final del volumen. Tampoco es que la mitología vaya mucho más allá del batiburrillo rolero y new-age orientalista, pero por lo menos sí se vislumbra una cierta coherencia que, repito, no se atisba en la lectura del propio libro.
Creo que El ojo del mundo puede gustar a quien realmente necesite desconectar de cosas más serias mediante un libro largo y sencillito, con mucha acción y poco fondo. Es perfecto para llevar en la mochila y leer en el autobús. Sin embargo, y a falta de seguir quizá en un futuro a largo plazo con la saga, me ha sabido a poco. Igual es que yo pedía peras al olmo.
Portadas de las ediciones de Timun Mas, que (juntas) componen la primera entrega original.
Creo que El ojo del mundo puede gustar a quien realmente necesite desconectar de cosas más serias mediante un libro largo y sencillito, con mucha acción y poco fondo. Es perfecto para llevar en la mochila y leer en el autobús. Sin embargo, y a falta de seguir quizá en un futuro a largo plazo con la saga, me ha sabido a poco. Igual es que yo pedía peras al olmo.







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