martes, 13 de julio de 2010

FRANCISCO UMBRAL Y LAS PALABRAS DE LA TRIBU


Las novelas de Paco Umbral han sido siempre muy aburridas, no así sus libros de pensamiento y opinión o autobiográficos. Así, Mortal y Rosa, dedicado a su hijo fallecido, o El hijo de Greta Garbo, en honor a su madre, me parecen de lo mejor de su obra, junto a las columnas de Los placeres y los días en el Mundo, en el que Raúl del Pozo es un pobre sustituto después de un año de homenajear a Umbral todos los escritores de España. Otro día hablaremos aquí de sus columnas más destroyer. Hoy quiero hablar de Las palabras de la Tribu, un libro que leí en COU y en el que Umbral disecciona a la Generación del 98 y a la del 27, amén de a los tremendistas de la novel social de los años 50, con anécdotas personales de estos últimos. La posición de camaradería y de sentido tribal (dar otro sentido a las palabras de la tribu es de un texto de Mallarmé) se afianza en unos juicios certeros y afectuosos. Umbral por último, desde su podio, arremete contra los narradores actuales, a los que pulveriza. Esto enlazaría más con el final de su vida, con su polémica con Pérez-Reverte o su mecenazgo y posterior desilusión hacia Juan Manuel de Prada. Acerté al leerlo en su día, y a pesar del personaje, siempre admiré a Umbral, y el tiempo lo puso en su sitio, todos los premios, incluido el Cervantes y el Príncipe de Asturias vinieron después de mi lectura en COU, donde un buen profesor nos lo señaló como el mejor prosista vivo de España, y no se equivocó. Dijo umbral: “Mi vida no ha sido más que literatura, leída o vivida”, Las palabras de la tribu es un canto de amor a la literatura. De amor individual, insólito y libre. Umbral ama a quien le da la gana, pretiere a los que no soporta y no arrima paños calientes para defender a nadie.Umbral va presumiendo de nocturno y amigo, de bohemio que enterró a bohemios, de joven listo y poco rapaz, de amado que se dejaba amar. Aquí van algunas de sus frescas: “Antonio Machado tiene una filosofía de zapatero remendón” o “Vargas Llosa es un faulkneriano guapo y aburrido”. Todo el estilismo, todo el preciosismo, todo el virtuosismo de Azorín no son sino un mantenido esfuerzo por ocultar al chufero valenciano. Se ha dicho que Ramón era un gordo con alma de fino. Yo creo que no, que Ramón tiene alma de gordo, satisfacción y apetito de gordo, y su literatura es la literatura del buen apetito por el mundo, que hasta llega a encontrar comestibles los relieves de los edificios históricos, en París"Con Galdós se ceba a lo bestia; "no le perdona la prosa", y dice de él:"Tuvo desde muy pronto cara verde de billete de mil pesetas, avaricia literaria de solterón putañero, alma de portera y una grandeza de indiano enriquecido que se explica por su origen canario, casi americano.

sábado, 3 de julio de 2010

SOMBRAS SOBRE BAKER STREET

No sé si es casualidad que tuviera en la cabeza una entrada lovecraftiana justo al comenzar las vacaciones, como El Conde, o que los dos tenemos los mismos gustos. Bien, pues he retomado donde aparqué la lectura de este libro de autores varios que mezcla el Universo Holmesiano con Los Mitos de Chulthu que disecciona la entrada anterior. Y el problema es que los relatos resultan igual de anticlimáticos que los de Lovecraft, porque, si en ninguno de ellos se nos narraba la lucha definitiva contra los Primordiales, tampoco en estos Holmes va más lejos de una escaramuza con algún elemento MUY tangencial de Lovecraft. Si habéis leído estos, terminaban con expresiones como "Y entonces lo ví, Dios mío, qué es ¡QUÉ ES!" o "por nada del mundo volveré a Insmouth/Miskatonic/Ry´leh/Arkham, y en mis pesadillas aún veo a esa criatura blasfemando/tocando la flauta en el centro del Universo". Pues estos de este volumen suelen terminar con una cita de Watson aludiendo a que Holmes jamás explicó del todo qué había pasado allí. Aparecen algunos personajes de la época, como Carnaki el cazafantasmas, Irene Adler, el hermano de Holmes, Mycroft, e incluso H.G. Wells el escritor. Uno divertido enfrenta a Holmes con el Dr. Nikola, que busca la comunicación con la Cabra Satánica esa de los Primordiales (y blasfema, blasfemo es el adjetivo común a esos bichos) y en el que se nos revela que la obsesión de Holmes por la apicultura radica en que hay una abeja que produce un ingrediente del elixir de la eterna juventud. Un libro desigual y bastante malillo, pero entretenido. El mejor cuento (que es de Neil Gaiman) transcurre en una realidad paralela en la que Holmes y Watson intercambian sus papeles con el doctor Moriarty y el feroz coronel Moran.

viernes, 2 de julio de 2010

Capítulo 11: EL HORROR CÓSMICO

Magnífica edición de los relatos de Lovecraft.

¿Qué se puede hacer cuando a los lectores tradicionales de novelas de terror han dejado de darles miedo los vampiros, los hombres lobo, las momias y los fantasmas que arrastran cadenas? Esta misma pregunta se hizo sin la menor duda el autor de Providence H. P. Lovecraft cuando, muy a principios del siglo XX, se planteó la necesidad de dar rienda suelta a sus inquietudes en pro de una renovación del género que tan bien había abordado su admirado Edgar Poe. Su medio sería casi siempre la publicación de relatos en revistas especializadas como Astounding Stories, lugar de aparición, por ejemplo, de En las montañas de la locura.

Howard Phillips Lovecraft

Desde luego, el camino no era el de continuar en la línea del terror gótico británico, con castillos oscuros y damiselas gritando con jorobados tras los talones. Poe fue capaz de introducir el terror en la literatura como elemento casi folclórico, entremezclando los viejos relatos de aparecidos con la recién implantada cultura norteamericana. En las mismas regiones inhóspitas y pantanosas donde antaño pululasen los indios y los temerosos colonos puritanos, ahora había familias de rancio abolengo europeo que se construían mansiones decadentes en las que encerrarse, apretarse sus corsés y recelar de todo a su alrededor, creando de paso atmósferas opresivas en las que las maldiciones familiares afloraban a las primeras de cambio. Tampoco se libraban otros ambientes más cosmopolitas, sobre todo teniendo en cuenta el oscurantista ambiente universitario que describe Lovecraft en la ficticia ciudad de Arkham y su universidad de Miskatonic.

Según reza el pie de foto de esta imagen que he encontrado en Internet,
no se deben leer en voz alta los libros de la universidad miskatónica.

La Nueva Inglaterra de Lovecraft no era sino una imagen relativamente modernizada de la América de Poe, en la que, a los viejos atavismos puritanos, se unían ahora el peso de una modernidad que llegaba a pequeñas dosis, como de muy lejos, y vista seguramente más como una amenaza a los valores tradicionales que como una forma de progreso. Aquí debió encenderse la bombillita de Lovecraft, que supo encauzar el revolucionario y vertiginoso pensamiento científico de su época (pensemos, por ejemplo, en la brutal revolución que supusieron la Teoría de la Relatividad General de Einstein, o la cada vez más aceptada teoría evolucionista de Darwin) en pos de su causa literaria, enfocándolo mucho más como una causa de temor que de esperanza en bonitos futuros utópicos. No en vano, muchos de los personajes de los relatos de Lovecraft parecen resistirse a abandonar las tradiciones de los viejos pueblos de la América profunda, donde pueblerinos supersticiosos veneran a deidades malignas y practican la consanguineidad hasta el hastío. Véase El horror de Dunwich.

Portada de una edición ilustrada de El horror de Dunwich.

El universo, que a principios del siglo XX se entendía ya como el vasto abismo que todos sabemos que es, fue en los escritos de Lovecraft el origen absoluto del mal, de la incertidumbre ante los seres que pueden poblarlo, o ante los que en algún momento del pasado remoto pudieron llegar a nuestro mundo -eones antes que nosotros- y añadirlo a sus imperios de caos y destrucción. Lovecraft imaginó una prehistoria en la que distintas razas extraterrestres se enfrentaban por la posesión de la Tierra, todas ellas con un poder tan terrible que para nosotros habrían sido poco menos que semidioses. Pero el autor no se limita a hablarnos de ese pasado mítico como quien reescribe una era geológica desconocida, sino que plantea la posibilidad de que algunas de aquellas entidades sigan vivas, o en estado latente, en la actualidad, esperando el momento de volver a caminar entre nosotros, que a su lado -tanto en lo que a tamaño físico y poder se refiere- pareceríamos menos que microbios.

Pensemos en la criatura central de la mitología lovecraftiana: Cthulhu, una criatura de nombre impronunciable (el autor insiste en que los nombres de sus bestias queden un poco en suspenso) cuya sola visión puede hacer enloquecer completamente a un ser humano, de tamaño colosal, de aspecto humanoide aunque con cabeza de cefalópodo. Según los mitos que llevan su nombre, Cthulhu, ni muerto ni vivo, reposa en las ruinas de la desaparecida ciudad de R'lyeh, sumergida desde hace millones de años en algún lugar del Atlántico. Los sueños del monstruo, que nunca han dejado de fluir en alguna clase de dimensión paralela, van reclutando lentamente una legión de seguidores entre distintos cultos esotéricos humanos, a la espera de su apocalíptico regreso triunfal. Léase La llamada de Cthulhu para saber más.

Cthulhu en una escena de La llamada de Cthulhu.

¿Cómo no íbamos a tener miedo al pensar que un renacimiento de aquellas fuerzas cósmicas desatadas podría terminar con nosotros aplastados y pegados a la suela de un titán surgido del abismo? He aquí el poder del horror cósmico, sabiamente perpetrado por Lovecraft y su círculo (August Derleth, Robert E. Howard y Clark Ashton Smith, entre muchos otros), basado mucho más en las incertidumbres que abría la ciencia que en aquellos pobres monstruos deformes del parnaso decimonónico. Recomiendo la lectura de El morador de las tinieblas, un relato de la época de decadencia de los mitos en el que, sin embargo, se utiliza inteligentemente el peligro de la bomba nuclear como nuevo ingrediente del universo de monstruos lovecraftianos. Quien no conozca el horror cósmico y sea aficionado al género de terror está perdiendo el tiempo.

lunes, 14 de junio de 2010

EL GENIO ALEGRE DE LOS ÁLVAREZ QUINTERO


Los viernes a última hora es muy socorrido dedicar los últimos quince minutos a leer con los alumnos un sainete de los Hermanos Álvarez Quintero. Si encima logramos que el más desvergonzado lo lea con desparpajo y andaluz exagerado de gato Jinx, la risa está garantizada y todos nos vamos con una sonrisa. Los Álvarez Quintero formaron un tándem literario fuera de lo común. Cosecharon éxitos tanto en los escenarios como en los radioteatros. Escribían juntos, saludaban juntos desde las candilejas tras sus estrenos y asistían juntos a las tertulias al uso. Para los críticos y periodistas siempre fue un misterio qué parte de la obra pertenecía a cada uno de ellos. Incluso cuando falleció Serafín (1938) su hermano Joaquín, que le sobrevivió seis años, continuó publicando con el nombre de ambos. No se pudo saber si lo último había sido escrito a dúo o solo por el sobreviviente.Escribieron más de 200 títulos entre sainetes, comedias, dramas y zarzuelas, y algunos títulos alcanzaron notable popularidad, como: El Patio, La Reja, Las Flores, El Genio Alegre (1906), Amores y Amoríos (1908), Doña Clarines, Malvaloca (1912), Puebla de las mujeres, y las comedias de sabor castizo madrileño como Las de Caín (1908) y Mariquilla Terremoto (1930).A mí me gustan "Ganas de reñir", "Sangre Gorda", "Noviazgo, boda y divorcio" y "La niña de Juana o el descubrimiento de América".

jueves, 3 de junio de 2010

LITERATURA PARA CHICAS: HEROÍNAS INFANTILES



Lejos de los cánones del Romanticismo de Jane Austen con huérfanas adoptadas por aristócratas, o sencillas campesinas que con su amor conquistan a un noble, están las heroínas sencillas que siempre harán que por ejemplo Mujercitas o Pollyanna, sean más exitosas que Persuasión o Mansfield Park, y sus inquilinos llenos de decadentismo y spleen. Es el caso de Ana de las Tejas Verdes, una saga de la novela juvenil canadiense que narra la vida de Anne Shirley, una niña huérfana que gracias a su carácter imaginativo y despierto, logra encandilar a todos los habitantes del pueblo ficticio de Avonlea, donde se desarrolla la historia a principios del siglo XX. Anne ve en los adultos que la rodean un reflejo de lo que podría acabar haber sido siendo ella, pero busca su proio camino para terminar como empezó en Tejas Verdes. Existen varias continuaciones, que completan nueve libros según la edad que va alcanzando la protagonista.
Otras heroína interesantes, aparte de la Heidi original de Johanna Spiri, Jane Eyre de Charlotte Bronte o Moll Flanders de Daniel Defoe son la pequeña Dorrit de Charles Dickens y Momo de Michael Ende, que es la última heroína para chicas. A partir de ahí todas son adolescentes problemáticas que carecen de la simpatía de las anteriores. Baste con recordar que cuando la pequeña Dorrit murió, en el último capítulo por entregas de Dickens en los diarios, fue día de luto Nacional en Inglaterra. Impensable hoy día con ningún personaje de ficción.

miércoles, 2 de junio de 2010

EL CAMINO QUE DIOS NOS TIENE MARCADO



He leído con mis alumnos El Camino de Miguel Delibes (por segunda vez) y es curioso cómo sin ser muchos de ellos de pueblo, se sumergen tanto en esta novelita. En ella, Daniel "el mochuelo" ha de dejar su pueblo obligado por sus padres para ir a estudiar a la ciudad. Todo el libro es un llanto contenido por perder un tiempo de felicidad inadvertida. El niño llora al fin, tras rememorar sus amigos, travesuras y dolores, no porque tenga que irse, sino porque comprende que el camino que toma no le deparará la felicidad, y que es muy distinto del que Dios le ha marcado. Es la segunda novela de Delibes. Con la primera, La sombra del ciprés es alargada, en la línea tremendista, quiso ganar el nadal, pero ésta es la que de verdad escribió para sí. Una reivindicación de la vida sencilla y amable frente a la ferocidad de la sociedad y su sistema. Una visita guiada a una infancia de campo.

martes, 25 de mayo de 2010

ALAN MOORE Y LA MAGIA SIMBÓLICA


Acabo de terminar el From Hell, y me ha sorprendido que tras lo curradísima que es la labor de investigación sobre la masonería, las iglesias de Londres y una trama que cruza a Jack el destripador con Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, el hombre elefante, etc. todo este material haya sido destinado a una novela gráfica y no a un best-seller normal. Moore tiene demasiada confianza en el medio que le dio la fama. Y sin embargo, su novela La Voz del Fuego, que es aún más intrincada y que necesitaría (sobre todo en su parte inicial, narrada por un cavernícola con las consiguientes limitaciones del lenguaje) de apoyo gráfico, sí que ha quedado en una novela erudita que desgrana una historia de Inglaterra a través de la magia. Y es que Alan Moore corre demasiado peligro de creerse a Aleister Crowley. La voz del fuego tiene un inicio durísimo de leer y descifrar. Lo bueno es la conexión que se establece con los posteriores relatos: Brujas, Edad Media, Caída del Imperio Romano, y finalmente la actualidad en la que la magia de antaño se ha convertido en tradición y ha influido en la historia. Hemos olvidado el gran acontecimiento de que los hombres ideasen crear una carretera, o una catedral, y la magia que impregna el acto de entrar en la mente inconsciente a través de lo que perdura eternamente. Estoy desbarrando mucho. El que sí trató la magia en un fabuloso ensayo antropológico de tres mil páginas fue Frazer, que en la Rama Dorada clasificó la magia como homeopática si trata de que "lo semejante produzca lo semejante"; o contaminante (o de contagio), si sigue el principio de que las cosas que alguna vez estuvieron juntas, al separarse, tienen tal relación mágica que lo que se le haga a una lo sufrirá la otra. Ambas esferas de la magia estarán comprendidas bajo el nombre general de magia simpatética ‘simpática’, ya que en las dos se supone que las cosas interactuan a distancia mediante una relación secreta, una mutua simpatía. Moore aplica estas máximas como un recurso literario. Y es que la única magia que domina son la metáfora y la sinestesia, pero a un nivel tan ingenioso, arrebatador y metaliterario, que resulta mágico al lector.