Hyperion (1989) es la obra magna del escritor estadounidense Dan Simmons con la que ganó el Hugo y el Locus, y no me cabe la menor duda de que es una de las mejores y más ambiciosas obras de ciencia-ficción de todos los tiempos. Es un ladrillo considerable, pero se lee en una semana escasa; y durante todo ese tiempo, uno es incapaz de quitárselo de la cabeza. Simmons se ha hecho especialmente conocido por sus traslaciones a mundos futuristas de algunas de las obras literarias claves de la civilización occidental, como en su personal visión de la Ilíada de Homero en la saga Ilión. El libro que nos ocupa supone la primera de sus grandes revisiones, en este caso lejanamente inspirada en los Cuentos de Canterbury de Chaucer y, por extensión, en el Decamerón de Boccaccio.

Dan Simmons
No es esta la clase de novela de la que uno quiera saber excesivos detalles del desarrollo, pero puede describirse a grandes rasgos como la epopeya de un grupo de peregrinos que, en un futuro lejano, viajan al apartado planeta Hyperion para llevar a cabo un ritual religioso que evitará de algún modo una guerra a escala universal. Cada peregrino va contando su historia personal por el camino, llegando siempre al punto en que se reúne con los demás para iniciar el periplo hacia un misterioso lugar conocido como las Tumbas de Tiempo, una suerte de necrópolis situada al norte de Hyperion (por todo lo demás una mediocre colonia agrícola) que, en los miles de planetas que la humanidad ha explorado y colonizado gracias al dominio de los viajes interplanetarios, parece constituir el único misterio inexplicable desde el punto de vista de la ciencia. Estas tumbas parecen envueltas por un campo de energía que las hace moverse hacia atrás en el tiempo a la misma velocidad a la que el resto del universo avanza hacia adelante.

El Alcaudón contempla las Tumbas de Tiempo, en la portada de una secuela.
Pero lo verdaderamente intrigante de este lugar, y de toda la trama, es la misteriosa criatura conocida como el Alcaudón, un monstruo humanoide de tres metros y pico con todo su cuerpo cubierto de púas de cromo líquido, capaz de moverse a velocidades sobrenaturales y con la horrible afición de trinchar vivas a sus víctimas -peregrinos, normalmente- de las púas de un árbol gigantesco que hay en la zona de las Tumbas de Tiempo, de las que parece ser su guardián. Se le venera como una deidad viviente (tiene su propia religión, que en el futuro hipotético de la novela sobrepasa de largo al Cristianismo y que organiza las peregrinaciones como forma de sacrificio) y se teme que, en última instancia, sea él quien desencadene el fin de nuestra especie. No sé cómo lo hace Simmons pero, palabrería amenazante aparte, desde que se menciona por primera vez al Alcaudón consigue estremecernos de pies a cabeza, y eso que la criatura prácticamente no se persona en ningún momento ante los protagonistas. Seguramente adquirirá pleno protagonismo en la segunda parte de este díptico, publicada al año siguente y de título La caída de Hyperion.

Otra edición.
¿Y qué hace de Hyperion la magnífica novela que es, aparte de todo este argumento tan enrevesado y del gusto de los mejores nerds? Pues que es un libro que bebe de otros libros, decenas de ellos, desde cuadernos de viajes a novelas negras de detectives, pasando por dramas familiares, historias de amor imposibles y la mismísima Biblia; y sobre todo de la ciencia-ficción clásica de Frank Herbert, Ray Bradbury, Asimov y Larry Niven, sin dejar a un lado los enigmáticos poemas narrativos del Romanticismo inglés. El propio título hace referencia a Los cantos de Hiperión, de John Keats, y Simmons no duda en colar al joven poeta en el argumento de su novela mediante una complicada técnica de clonación que termina situándolo en una batalla campal a base de rayos láser en una megalópolis futurista al estilo de Blade Runner. Estamos ante una creación literaria excepcional y de primer orden, uno de esos libros cuya pertenencia a un género infravalorado han evitado que figure, para los académicos (esos señores de bigote y gafas que todos sabemos), entre las grandes obras de la Literatura de nuestro tiempo.

El poeta romántico John Keats, inspirador involuntario de Hyperion.
Un pequeño apunte para los curiosos, aparte de recomendar Hyperion con todo el ímpetu del que soy capaz: Simmons predice, sin querer, tanto el advenimiento de Internet como red global y suprema de comunicación humana, como un incidente muy concreto que, según comentan los protagonistas del libro, causó la destrucción del planeta Tierra mucho antes del inicio del hilo argumental. Lo llaman el Gran Error, y consistió en la creación accidental de un pequeño agujero negro durante un experimento científico que acabó desintegrando nuestro planeta en poco tiempo. Me dan escalofríos al pensar en todos aquellos temores de hace un par de años, cuando empezó a funcionar el colisionador de hadrones en Suiza y algunos pensaron que eso mismo podría ocurrir aquí y ahora.