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viernes, 29 de marzo de 2013

Capítulo 28: LA EPOPEYA DE CHRISTOPHER TOLKIEN

J. R. R. Tolkien falleció en 1973, dejando una cantidad monstruosa de textos inéditos pendientes de ser ordenados y dispuestos para su publicación. Christopher Tolkien, albacea de su padre, se encontró abrumado ante tan descomunal tarea y, pensando en concluirla cuanto antes y de la mejor manera posible, renunció a su puesto como profesor y se dedicó a recopilar versiones en prosa -más o menos resumidas- de la obra que su padre siempre concibió como la más importante de sus creaciones: "El Silmarillion". Quiso que el libro viese la luz cuanto antes para poder continuar con su propia vida, pero tuvo que ajustar ciertos elementos de la mitología un poco a la fuerza para darle una coherencia que su padre todavía no había afinado del todo a su muerte; de modo que Christopher sintió que, en cierto modo, había "empobrecido" los esfuerzos de su padre durante más de medio siglo cuando El Silmarillion tal y como lo conocemos se publicó en 1977.

Un octogenario Christopher Tolkien (imagen de theonering.org).

La solución: deshacer el entuerto mediante una publicación ordenada y comentada de la monstruosa colección de manuscritos que se encontró en casa apilada en cajas y sin clasificación alguna, realizando al mismo tiempo el trabajo de un filólogo y el de un detective. El resultado es la serie de 12 volúmenes titulada Historia de la Tierra Media, que se publicó poco a poco -pero con excelente puntualidad- entre principios de los ochenta y finales de los noventa. Los ocho primeros tomos abarcan desde los comienzos de Tolkien en sus paseos mentales por las tierras de los elfos, identificadas con paisajes dunsanianos y reminiscencias localistas y nacionalistas británicas, hasta los escritos más sólidos que pasarían a estructurar de manera definitiva su mitología sobre las tretas del malvado Morgoth, el robo de los Silmarils, la persecución de los hijos de Fëanor y demás. En octavo libro incluye, para asombro de quien no lo sepa, nada menos que unas cuantas páginas de lo que iba a ser la secuela de El Señor de los Anillos, un manuscrito titulado La nueva sombra, de la que hablaremos en otra ocasión. A partir del noveno tomo, la serie se centra en la escritura paso a paso de El Señor de los Anillos, como ya comentamos en una entrada anterior sobre Tolkien.

Portada de la edición en castellano, de Minotauro.

Cayó en mis manos hace años, gracias a una colección de kiosco, el tercer tomo de la serie, titulado Las baladas de Beleriand (1985), y después de criar una década de polvo, he terminado por leerlo de un tirón. Por suerte, he comprobado que cada libro puede leerse de manera independiente, ya que el material tratado viene bastante bien ordenado dentro de la serie. La verdad es que es mucho más una obra de investigación literaria que una narración en sí, pero he disfrutado como un enano leyendo los dos poemas épicos que contiene en su estado original, "no resumido". Se trata de la Balada de los hijos de Húrin, que después se publicaría definitivamente en versión novelada; y de la Balada de Leithian, que, sospecho, antes o después también se verá publicada como obra independiente y también novelada. El primero de los poemas épicos se centra en la azarosa vida de Túrin Turámbar, y es un ejemplo del tono amargo y pesimista (un tanto bíblico) de la mitología tolkiana sobre la "Primera Edad". Se encuentra, lamentablemente, bastante incompleto, ya que su autor se pasó décadas reescribiéndolo y actualizando nombres y datos geográficos, pero sin llegar a completarlo.

El segundo poema cuenta la bastante más amable historia de Beren y Lúthien, un romance trágico entre un mortal y una dama élfica, que se queda bastante más cerca del final tal y como lo narra El Silmarillion. El tomo contiene también algunos otros poemas que prácticamente se truncaron nada más comenzar, pero Christopher Tolkien pretende ser exhaustivo y decide no saltarse ni una coma de lo que encontró en los fajos de papeles de casa. C. S. Lewis, amigo de Tolkien y autor de la saga sobre Narnia, aportó en su día una crítica algo pomposa del segundo poema, también recogida en el tomo. Parece que ni el propio Lewis comprendía entonces las intenciones creativas del viejo profesor de Oxford.

Edición en inglés.

Pese a ser extremadamente áridas, me atreveré a recomendar estas lecturas, si bien advierto que (tal como sugiere Christopher en el prólogo del primer volumen de la serie, El libro de los cuentos perdidos I) puede realizarse una lectura de este bellísimo material pasando olímpicamente de anotaciones a pie de página y comentarios filológicos. Descubrir pacientemente esta serie de libros, y lo digo ahora que he comenzado felizmente con el primero, es la verdadera manera de conocer de verdad la obra de este autor único, uno de los más influyentes de nuestro tiempo y, casi con seguridad, de los años venideros.

lunes, 25 de junio de 2012

El temor de un hombre sabio.

Tarea titánica la de leer este libro. Él solito tiene las mismas páginas (decena arriba, decena abajo) que la trilogía de El señor de los anillos. Y aparte de esto, de su longitud, según mi experiencia se lee a tirones, o más bien a impulsos. En su conjunto es un muy buen libro, pero a veces da la sensación de dar bastantes rodeos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que su autor, Patrick Rothfuss es aún un escritor novato que debe de desarrollar la habilidad de dónde y cuándo meter la tijera cuando sea oportuno, dónde explayarse y dónde no, y sobre todo aprender a detectar cuándo corre el riesgo de exasperar al lector, porque varias veces a lo largo de su lectura he tenido que dejarlo durante un tiempo, y uno ya es un lector veterano y bastante encallecido.

El manuscrito original recién impreso para la editorial. Al lado, el recién nacido hijo de su autor.
































Recordemos que estamos ante la autobiografía de un héroe legendario, Kvothe, que vive lejos del mundanal ruido bajo la identidad de Kote, el posadero de una pequeña aldea perdida. Un escriba lo descubre y le convence para que le narre su vida, y él accede. De manera que cada libro es un día de narración, de la mañana a la noche, donde Kvothe dicta y el escriba transcribe. De vez en cuando hay algún interludio, que suele coincidir con algún cambio significativo en la vida del héroe, y donde se nos muestra a Kote como un humilde y sencillo posadero además de dejarnos caer algo de la situación actual de las cosas, dando a entender que un gran peligro se cierne sobre el mundo.

Rothfuss puede llegar a ser un grandísimo escritor. Más arriba he comentado que el libro se lee a tirones, y ya dije que a veces exaspera por la cantidad de detalles y rodeos que da para que la trama avance. Dicho esto, también hay que decir otra cosa: cuando se pone interesante, no hay manera de soltar el libro, y sorprende continuamente hasta que decae el ritmo de nuevo y te da un giro que no esperabas. Y es que la mayor virtud de esta obra es que se aleja de los parámetros a los que nos tenían malacostumbrados los libros de fantasía. Cuando estábamos hechos a la típica búsqueda y viaje épico en el que salvar al mundo de las garras de las fuerzas del mal, va Rothfuss y nos mete de lleno en intrigas palaciegas, expediciones militares, proyectos universitarios, adiestramiento zen, venganzas sangrientas, educación sexual... a la vez que va desarrollando un mundo propio, con diferencias culturales enormes de un sitio a otro, cantidad de matices en el comportamiento de los personajes. Y sin embargo, haciendole honor al carácter bipolar que observo en esta novela, tiene un fallo enorme: la suspensión de credibilidad no se consigue a la hora de tratar el personaje principal, Kvothe. Básicamente porque es demasiado joven para ser tan perfecto en todo lo que emprende. En la historia tiene 17 años, y viene de la pobreza más absoluta, y sin embargo, es capaz de prosperar en una de las cortes más refinadas de su mundo. Ésta es la mayor flaqueza del libro: al perderse en tantos detalles descriptivos sobre la comida, la manera de vestir, las costumbres, etc, se desvía bastante en su objetivo principal, que no es otro (creo yo) que mostrarnos el camino a la madurez y finalmente a la leyenda de un personaje. Kvothe es maduro prácticamente desde que lo conocemos, desde los 8 o 9 años y además, cosa rara en un adolescente, casi nunca se equivoca. Yo, que trabajo a diario con adolescentes, siento esto especialmente dentro de la obra.

Y sin embargo, he tenido que esperar a que la novela reposase un tiempo en mi cabeza después de terminarla. Resistí el impulso de escribir esta reseña inmediatamente después de cerrar el libro, porque lo acabé sin querer acabarlo y totalmente alucinado. Todos los fallos que he descrito previamente palidecen ante la sensación de puro gozo de crío chico que queda en uno al acabar, que te hace desear que fuera un cómic sólo porque así podría adquirir un nuevo ejemplar al mes siguiente. Y no puede uno esperar a que salga una nueva obra de Patrick Rothfuss para verle evolucionar y convertirse en el Gran Escritor de literatura fantástica que está destinado a ser.

Una última cosilla, que no tiene nada que ver con el libro en sí sino más bien con las rastreras tácticas editoriales para intentar darnos gato por liebre. Después de sobrevivir a la oleada de la saga Crepúsculo con la que cada libro de vampiros que se publicaba se hacía con una portada que seguía el diseño básico de las historias de Stephenie Meyer (especialmente doloroso era ver al Drácula de Stoker camuflado para intentar darle gato por liebre a una quinceañera despistada), el otro día hojeando libros en una librería me encuentro con esto:


Échenle un vistazo a la portada de El temor de un hombre sabio (la misma que la edición americana, por si a alguien se le ocurría pensar qué fue primero, si el huevo o la gallina):


Como dijo aquél, cosas veredes...

lunes, 7 de mayo de 2012

Danza de dragones, a la venta el mes que viene.


Es oficial desde ayer: el quinto volumen de Canción de hielo y fuego, titulado en español Danza de dragones, saldrá a la venta el 22 de junio. Pero ojito, porque se tratará de esa carísima edición en tapa dura con sobrecubierta translúcida que casi nadie suele comprar... aunque después de esperar cinco largos años, habrá quien no le haga ascos a su precio desorbitado. Y seguramente no se arrepentirá, porque este libro es im-pre-sio-nan-te, tan bueno a nivel literario e imaginativo como el mejor de la saga hasta ahora, por mucho que algún "troll" se empeñe en menospreciarlo por su supuesta lentitud en el desarrollo argumental. Esto es literatura fantástica, señores, no una versión a espadazos de Falcon Crest.

La edición más común, grande pero en tapa blanda y en dos volúmenes de venta conjunta, coincidirá en su salida casi exactamente con el primer aniversario de la edición en inglés, el 13 de julio. En 2013 saldrá a la venta la edición en bolsillo, en 3 tomos, como sucedió con Tormenta de espadas. Era de suponer que este anuncio no se iba a hacer esperar tras el lanzamiento del adelanto titulado Dominio de dragones (¿no había salido ya hace años?), auspiciado por Canal + como propaganda de la segunda temporada de la exitosa serie de televisión.

Esta portada también es de Corominas.

Además, y tal como podéis ver encabezando esta entrada, ya se ha hecho oficial la portada, diseñada al óleo por el ilustrador oficial Enrique Corominas. Al verla me vienen a la cabeza dos cuestiones: ¿cómo van a disponer esta ilustración para cubrir las portadas de los dos tomos en la edición en tapa blanda? Y sobre todo ¿por qué no hay ningún blasón bajo el título del lomo, como sí lo había en los libros anteriores? Quizá utilizaron demasiado pronto el emblema de los Targaryen en Choque de Reyes.

Detalles aparte, me remito a la extensa crítica que dediqué al libro hace tiempo en este mismo blog; a la página oficial donde puede uno inscribirse para recibir información y participar en alguna clase de evento promocional todavía indeterminado; y añado la sinopsis de contraportada de este nueva entrega. Cuidado con los destripes, que son de órdago.

La ilustración original completa.

Daenerys Targaryen intenta mitigar el rastro de sangre y fuego que dejó en las Ciudades Libres e intenta erradicar la esclavitud en Meereen. Mientras, un enano parricida, un príncipe de incógnito, un capitán implacable y un enigmático caballero acuden a la llamada de los dragones desde el otro lado del mar Angosto, ajenos al peligro que se cierne sobre el Norte, y que solo las menguadas huestes de uno de los reyes en discordia y la Guardia de la Noche se aprestan a afrontar.

George R. R. Martin sigue añadiendo sutiles e intrincadas tramas a su impresionante retablo de intrigas y pasiones, y sumando admiradores incondicionales. Rebasa las barreras de los géneros como si nunca hubieran existido; Danza de dragones marca su consagración definitiva entre los más grandes creadores de la historia de la literatura, más allá de cualquier distinción de etiquetas.

"Tolkien ha muerto. Larga vida a George Martin" (Dana Jennings, The New York Times)

domingo, 18 de marzo de 2012

Capítulo 24: LA TRASTIENDA DE J.R.R. TOLKIEN (II)


Considerando que hace tiempo realicé una entrada con título igual a esta, y en vista de que últimamente ha salido a colación el tema de las "fuentes" de Tolkien, me he decidido a dar mi modesta opinión sobre el caso. Sé bien que José Miguel es un buen conocedor de la obra de este autor, aunque me permitiré añadir algunos detalles que conozco de fuentes fiables, como la serie de publicaciones a cargo de Christopher Tolkien que llevan el título de Historia de la Tierra Media e Historia de El Señor de los Anillos, y de la versión anotada de El Hobbit, con comentarios críticos muy exhaustivos de Douglas A. Anderson.

Alberich, por Maxfield Parrish.

Es cierto que tanto el ciclo de los Nibelungos como El Señor de los Anillos tienen como origen común la mitología nórdica europea, aunque el parecido entre una obra y otra es bastante más vago de lo que podría parecer en un primer vistazo. Es cierto que hay un anillo tentador de por medio, y también está ese personaje encorvado y huraño al que la vida le ha dado demasiados palos, Alberich en la saga de los Nibelungos, Gollum en las obras de Tolkien; pero seguramente los paralelismos no vayan mucho más allá, y el personaje no deja de ser un arquetipo relativamente común en el mundo literario. Por supuesto, debo entrar en detalles.

Mientras que el ciclo épico de Sigrfrido y los dioses del Valhalla posee una naturaleza rabiosamente pagana basada en los mitos griegos y romanos (de ahí la admiración de Friedrich Nietzsche y el propio Richard Wagner, metido a cristiano más bien hacia el final de su vida), la mitología tolkiana viene de más atrás, entroncando con las sagas de Islandia y, lejanamente, con el ciclo artúrico. Además, toda la obra de Tolkien posee una visible lectura como alegoría cristiana, católica incluso, tal y como era lógico en el caso de un autor tan profundamente devoto. Si no me equivoco, Christopher Tolkien no llega casi nunca a confirmar esta lectura entre líneas, pero sí que admite su plausibilidad más como fruto inconsciente de la psique de su padre que como un acto deliberado. Ahí radica otra de las diferencias, el fuerte carácter amoroso y pasional del Cantar de los Nibelungos frente al amor ingenuo, limpio y escaso de El Señor de los Anillos.

-Sigfrido, dime algo bonito.
-Con los dedos de las manos, los dedos de los pies, los c... y la p... todos suman veintitrés.

Como todos sabemos, El Señor de los Anillos no es más que la punta del iceberg en la obra de su autor. Desde que sirviese en el ejército durante la 1ª Guerra Mundial, Tolkien anduvo dando pinceladas a su mitología personal en forma de largos poemas épicos, casi como si quisiera dotar a Gran Bretaña de un pasado mítico que, dentro de lo meramente historiográfico, no llega mucho más allá de la tradición celta y las andanzas de su panteón. Todos estos poemas fueron preparados para su edición por parte de Allen & Unwin, aunque el éxito de la muy accesible El Hobbit (ambientada prácticamente por casualidad en el mismo universo ficticio de sus poemas "serios") los hizo recelar de aquellos mamotretos en verso, en favor de una posible secuela de la historia de Bilbo, que al final dio origen a El Señor de los Anillos muchos años después. Al morir Tolkien, su hijo recopiló las versiones en prosa de estas historias y vieron la luz con el nombre de El Silmarillion. A partir de este punto, aconsejo dejar de leer a quienes no quieran conocer detalles del argumento.

Morgoth se enfrenta a un patriarca elfo en esta ilustración de John Howe.

Desde el principio de El Silmarillion queda claro que es algo así como un Antiguo Testamento bíblico a la medida de su autor; la historia de la creación del universo por parte de una divinidad única, y de la posterior lucha de un panteón inmediatamente inferior por su control. Hubo entre estos semidioses un ángel caído, Melkor (Morgoth), que construyó su propio infierno y tentó a los hijos de la divinidad única, los elfos, para que se machacasen entre ellos durante milenios a causa de terribles juramentos fruto de la codicia y el orgullo, hasta que uno de ellos tuvo la feliz idea de hacer lo que todos debieron haber hecho antes de entrar en conflicto con la divinidad y ser expulsados de su paraíso terrenal, las tierras más allá del mar. Este individuo, Eärendil, simplemente pidió perdón en nombre de su raza, y el perdón le fue concedido. De algún modo, Eärendil es una mezcla de Noé, Abraham y otros tantos patriarcas de la antigüedad remota judeocristiana.

Eärendil llega a Valinor, en una ilustración de Ted Nasmith.

El Señor de los Anillos, por su parte, es más bien como un Nuevo Testamento en el que Frodo viene a ser una mezcla entre Jesús y cualquier teórico buen cristiano: pese a que se siente tentado constantemente por el mal, carga con el terrible peso del pecado sobre sus hombros y está dispuesto a dar su vida para hacerlo desaparecer, como hizo Eärendil en su momento, estableciendo de paso una nueva alianza entre los mortales y la divinidad, como en la Biblia hizo Cristo tras haberlo hecho mucho antes Noé. El camino de Frodo, un ser humilde y frágil, es de algún modo su personal vía crucis por la salvación de sus semejantes. Otros personajes también tienen rasgos propios de Cristo, sobre todo el "resucitado" Gandalf que vuelve del otro mundo con fuerzas renovadas, con un aura místico-religiosa evidente.

Frodo y Gandalf salen a la puerta a fumar en una ilustración de Alan Lee.

Llegados a este punto, creo que solo resta comentar algo del anillo, del objeto en sí cuya mera mención parece ligar ambas obras. Pienso que sucede algo parecido con cualquier tipo de objeto mágico del acervo literario tradicional, que a lo largo de los siglos se convierte en varios, o varios objetos se "resumen" en uno. Por ejemplo, pensemos en el famoso Grial del ciclo artúrico, que en su origen debía ser una especie de cornucopia o piedra mágica/druídica del mundo pagano, y que en la Baja Edad Media se cristianizó, pasando a ser la copa utilizada para bendecir el vino de la Última Cena, a la que el boca a boca ha terminado por convertir en una reliquia con poderes curativos, y últimamente en una metáfora de todo ese asunto de la diosa madre primigenia. El anillo seguramente era un objeto mágico recurrente de los cuentecillos nórdicos, al ser desde siempre un símbolo de poder propio de nobles y clérigos, y Tolkien lo incluyó en El Hobbit como una más de las herramientas mágicas (estaba también la espada Dardo) que ayudarían a Bilbo a lograr sus objetivos y, de paso, a facilitar el progreso de la trama. Creo que Tolkien tuvo que estrujarse el cerebro hasta caer en la cuenta de que, precisamente por esa carga mágica propia del anillo (y ahí sí admito la influencia de los Nibelungos), ese objeto y no otro sería el pretexto perfecto para la secuela de su best-seller.

Richard Wagner y John Ronald Reuel Tolkien, parecidos pero no tanto.

En resumen, y pidiendo perdón por la tremenda parrafada, creo que el parecido entre el Cantar de los Nibelungos y El Señor de los Anillos es meramente casual más allá del carácter épico, grandilocuente y mágico de las dos obras, y más allá de la presencia de un poderoso anillo en ambas. En cuanto al asunto de Alberich y Gollum, yo apostaría o bien por una pura casualidad, o bien por una influencia mínima y difícil de rastrear. Lo que sí es cierto es que, a raíz del éxito de las películas de Peter Jackson, el mundo de la música clásica quiso aprovechar el filón exagerando las relaciones tolkiano-wagnerianas. Seguiremos hablando de Tolkien en otra ocasión.

martes, 14 de febrero de 2012

Capítulo 22: LA RUEDA DE LOS ANILLOS


Hace muy pocos días he terminado la primera entrega de la larguísima, mastodóntica y clásica saga La rueda del tiempo, del norteamericano Robert Jordan. La serie ha estado rondándome desde que me puse a descubrir de lleno el género fantástico, y sabía que antes o después le daría el primer bocado. La primera entrega, un libraco bastante grueso, tiene como título original The Eye of the World (1990), o El ojo del mundo, tal como se publicó en España por primera vez. Sin embargo, este primer volumen ha sido publicado posteriormente en nuestro país dividido en dos tomos independientes: Desde Dos Ríos y La Llaga. Es evidente para el lector que ambas historias son un todo sin posibilidad de división, lo que dice muy poco en favor de Timun Mas, y menos aun en favor de los treinta y tantos euros que vale cada libro en tapa dura. Es decir, uno por el precio de dos, y difícilmente localizaremos por ahí alguna edición en bolsillo (salvo una de la primera parte, Desde Dos Ríos, que salió a un euro en plan promoción). Viva el formato epub, y viva Internet.

Robert Jordan

En fin, a lo que íbamos. Resulta que Jordan no solamente homenajea a Tolkien, profeta universal de la fantasía épica, sino que casi nos parece que El ojo del mundo es una versión episodio por episodio de El Señor de los Anillos, con casi todos los elementos levemente más humanizados. Tenemos un grupito de chavales granjeros que bien podrían haber sido hobbits, atacados por misteriosos jinetes negros encapuchados. Tenemos un Gandalf, dividido aquí en dos personajes que se complementan: un bardo que encarna la parte más festiva del mago tolkiano y además se sacrifica por los protagonistas mientras les suelta eso de "¡huíd, insensatos!"; y una especie de sacerdotisa con poderes mágicos que completa al mago en su vertiente mística y lanzadora de hechizos. No falta el adusto y lacónico guerrero -con ciertos derechos dinásticos- que salve las espaldas de los campesinos, ni las cuadrillas de monstruos deformes con cimitarras, aquí llamados trollocs en vez de orcos. No se echa de menos la presencia de un Gollum, ya que hay por ahí algún antiguo buen hombre caído en desgracia y desfigurado por una vejez extrema que se arrastra en la oscuridad de los pasadizos tras la cuadrilla de héroes. No falta un Señor Oscuro, aquí un personaje un tanto indefinido que se aparece en los sueños de los campesinos con ojos y boca lanzando llamas y hablando sobre su irrevocable destino. Y por supuesto, no falta un elegido al que todo el mundo lleva esperando desde el año de la tos, que ¡oh, sorpresa! justo al final resulta ser el personaje desde cuyo punto de vista ha sido contada toda la historia.

Portada de una versión en cómic.

Es decir, que no solamente tenemos un argumento calcado de cabo a rabo de la obra más archiconocida de Tolkien, sino que encima Robert Jordan parece querer zanjar todo el asunto en este primer tomo, recurriendo incluso a algunos trucos pueriles para hacer avanzar la historia (una especie de agujeros interdimensionales que hacen viajar entre los puntos más alejados del enorme mapa con que cuenta el libro) a conveniencia de lo que se le va ocurriendo según escribe. Probablemente, y es una conclusión que ni los más fans del autor podrán discutirme con pruebas serias, el norteamericano escribió este libro como un divertimento ligero para incondicionales del género, improvisando sobre la marcha en más de un punto y más de dos y, solamente a raíz de su inesperado éxito como best-seller, se decidió a escribir los otros catorce o quince tomos posteriores, en España más de veinte con la cosa de dividirlos. Se nota que este libro es perfectamente autoconclusivo, y su final bien podría haber quedado tal cual.

Edición británica en bolsillo (la que yo he leído).

La cosa es que, guardando cierto distanciamiento, me he divertido leyéndolo. Robert Jordan es muy ágil y cinematográfico en su estilo, y la historia se desarrolla a un ritmo vertiginoso que invita a seguir leyendo a pesar de que sabes perfectamente todo lo que va a pasar. De alguna manera, la novela es tan descaradamente arquetípica que su maniqueísmo le da carisma. Quizá lo peor de ella, y sé que ya la he puesto a parir, es que Jordan se afana muchísimo en ir dando breves pinceladas a una mitología totalmente incomprensible, llena de nombres imposibles de recordar aun para los aficionados al género más curtidos. Quizá piensa que el lector va a ser capaz de ir atando cabos sobre la marcha, pero esto es tarea imposible, y solamente ve uno la luz al final del túnel si echa un vistazo a los apéndices al final del volumen. Tampoco es que la mitología vaya mucho más allá del batiburrillo rolero y new-age orientalista, pero por lo menos sí se vislumbra una cierta coherencia que, repito, no se atisba en la lectura del propio libro.

Portadas de las ediciones de Timun Mas, que (juntas) componen la primera entrega original.

Creo que El ojo del mundo puede gustar a quien realmente necesite desconectar de cosas más serias mediante un libro largo y sencillito, con mucha acción y poco fondo. Es perfecto para llevar en la mochila y leer en el autobús. Sin embargo, y a falta de seguir quizá en un futuro a largo plazo con la saga, me ha sabido a poco. Igual es que yo pedía peras al olmo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Capítulo 21: UN PÍCARO LLAMADO KVOTHE


Otro fenómeno actual de la fantasía épica, género que parece estar viviendo últimamente una segunda edad de oro gracias a varias sagas de éxito, es la Crónica del asesino de reyes, presunta trilogía (veremos si no la estiran) del autor Patrick Rothfuss que cuenta hasta el momento con dos entregas publicadas, la segunda bastante reciente.

El nombre del viento (2007), novela que he terminado de leer hace bien poco, ha sido para mi una agradable revelación. Cuenta la historia -o el primer tramo de la historia- de Kvothe, un chaval pelirrojo que pertenece a una troupe de artistas ambulantes de etnia equivalente a la gitana, más o menos, que va enlazando aventuras y vivencias de todo tipo. Este relato es narrado por el propio personaje, ya adulto, que ha adoptado una identidad falsa por motivos que todavía no conocemos del todo, y que es entrevistado por una especie de historiador - periodista medieval. 

Patrick Rothfuss

Sinceramente, este libro puede ser objeto de múltiples críticas adversas, sobre todo porque no posee una trama especialmente original (relato sobre el paso de la infancia a la adultez, tensión sexual no resuelta, intrigas de campus tipo J. K. Rowling), porque su estilo es bastante irregular (unos capítulos son brillantes, pura poesía, y otros son fríos e incluso toscos), y porque el universo del autor no es nada del otro jueves (mapa propio en la primera página, grupos étnicos muy definidos racialmente, nombres propios al estilo del universo Tolkien, una religión que Rothfuss parece ir inventándose sobre la marcha); y sin embargo gusta, y gusta por méritos propios.

Portada de una edición en inglés.

Patrick Rothfuss, que no anda lejos de los 40, consigue que su prosa suene -en el mejor de los sentidos- como si fuese obra de un quinceañero fantasioso cuya mayor influencia es su propio gusto, y El nombre del viento posee una frescura envidiable que invita a leerlo agradable y relajadamente. Aunque no es original como novela fantástica, sí que se nos presenta con una desenvoltura que la hacer parecerlo, y esto se consigue sobre todo gracias al enfoque por el que opta Rothfuss: una narración en primera persona que se sustenta en la perfecta creación del personaje de Kvothe, estudiante, músico y aventurero vocacional, dueño y señor del relato de la primera a la última página para bien. La historia funciona porque Kvothe funciona, y el progreso de la trama funciona porque nos importa lo que le pasa a Kvothe. Nos gana como lectores y no tardamos en ponernos de su parte y empezar a preocuparnos por su suerte. 

Portada del segundo libro, recién publicado en España.

A partes iguales Lázaro de Tormes, Harry Potter, Ender Wiggin, Peter Pan, Huckleberry Finn y Barón Munchausen, Kvothe parece la perfecta reencarnación del outsider adolescente de toda la vida en la literatura fantástica actual. Y El nombre del viento, pese a que no es más que el prólogo de una vida que se antoja suculenta de cara a los otros dos volúmenes (el segundo se titula El temor de un hombre sabio y es mucho más grueso), es una magnífica obra que merece la pena descubrir. Con un poco de suerte y con ayuda de quien pueda aconsejarles, los chavales de hoy leerán algo además de tanta novela de vampiros Calvin Klein.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Capítulo 20: DRAGONES DE DESTRUCCIÓN MASIVA


(La siguiente reseña no desvela información precisa sobre el argumento del libro, sino que pretende ser una revisión crítica general del mismo. No tengáis miedo de meter la pata, salvo que no hayáis empezado a leer la saga.)

El 12 de julio de este año salió a la venta A Dance with Dragons, quinta entrega de la saga Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, nada menos que seis añazos después de su predecesor, Festín de cuervos. Por suerte para mí y por pura casualidad, me puse a leer la saga justo a tiempo para enlazar con esta quinta entrega pocos meses después de terminar la anterior, aunque los que siguen a Martin desde Juego de tronos en 1996 debían estar ya echando espumarajos por la boca. A Dance with Dragons, o "Una danza con dragones", es la segunda secuela directa de Tormenta de espadas, el tercer volumen de la serie. Aquel libraco de más de mil páginas, pico de calidad de la saga hasta ahora, dejó tantos frentes abiertos que Martin decidió dividir su secuela en dos volúmenes; mientras que Festín de cuervos trataba sobre los sucesos acaecidos exclusivamente en los Siete Reinos de Poniente (Westeros, en el original), A Dance with Dragons se emplea a fondo con el resto del enorme mapeado de Martin: el Norte de Poniente, incluyendo los alrededores de Invernalia y el Muro, y las Ciudades Libres más allá del mar angosto. Sin embargo, la espera ha sido tan larga que este quinto libro incluye capítulos que van más allá de lo supuesto en un principio, entrando a narrar sucesos que, en teoría, debían pertenecer a la siguiente entrega de la saga.

George R. R. Martin, en arts.nationalpost.com

Terminé de leerlo hace tres o cuatro días, y he querido escribir esta crítica aprovechando que lo tengo todo bien fresco. Es un bicharraco de 1100 páginas, todo un mamotreto que me mantiene aturdido tras tres meses sin parar de leer, y yo diría que en él ocurren casi tantas cosas como en los previos cuatro libros juntos. Este libro puede ser fácilmente el mejor hasta ahora, sobre todo porque George Martin sigue depurando su estilo y jugando con nosotros para colárnosla incluso cuando creemos verla venir de antemano. Una vez cerrado el tomo (el archivo .epub en mi caso), ahora sí que no se puede tener ni la menor idea de lo que pasará en adelante. Quizá incluso se haya pasado tres pueblos en algún punto.

A Dance with Dragons contiene una infinidad de puntos de vista en sus múltiples capítulos, tanto con los personajes que ya conocemos como con otros nuevos o "reciclados" de entregas anteriores. No obstante, el peso principal recae en quienes a estas alturas son sin duda los tres personajes clave de la saga: Jon Nieve, Tyrion Lannister y sobre todo Daenerys Targaryen. Una de las excusas que ofrece Martin para explicar su tardanza es su necesidad de deshacer eficazmente "el nudo de Meereen", el berenjenal imposible que supone la estancia de Daenerys en la Bahía de los Esclavos y los desafíos que recibe por parte de infinitos batallones de mercenarios, grupos clandestinos y arribistas de todo pelaje. Merece la pena leer entre líneas estos capítulos de la joven Targaryen, ya que Martin amplia sus ambiciones meramente fantásticas hacia la alegoría geopolítica: Meereen y la Bahía de los Esclavos no dejan de guardar un parecido razonable con la antigua Babilonia y alrededores, Irak o Afganistan, donde hoy se encuentra el todopoderoso ejército estadounidense un poco apalancado, buscando alianzas entre etnias y credos como un poseso y recibiendo ataques diarios de una resistencia nativa que se opone a sus postulados supuestamente democratizantes y neo-coloniales. Daenerys, armada con tres dragones y un ejército en teoría invencible, es objeto de ataques terroristas durante la noche mientras el pueblo sometido la recibe con sonrisas de día. Ella se plantea constantemente el dilema entre la matanza preventiva y la huida.

Una edición ilustrada en inglés, de próxima aparición.

En los capítulos que se ambientan en Poniente también es bueno dar un paso atrás para ver todo el cuadro: tanto la Guardia de la noche como el tesorero de Desembarco del Rey tienen que contar con préstamos bancarios de imposible devolución para dar de comer a montones de ciudadanos hambrientos unos, para mantener vivos sus conflictos militares otros. La crisis económica ataca Poniente, y el dinero resulta ser en última instancia, más que el honor caballeresco o los derechos dinásticos, el que mueve los intrincados hilos de la sociedad. La religión toma también un protagonismo enorme en este quinto volumen, convirtiendo ya a las claras tanto la religión de los Siete como el culto al dios de la luz R'hllor en transfiguraciones siniestras del catolicismo inquisitorial de la Edad Media, o peor.

Antes dije que A Dance with Dragons podría ser el mejor libro de la saga hasta ahora, y creo que debo explicarme. Es cierto que Tormenta de espadas sigue destacando por la forma en que Martin encadena sucesos peliagudos en su último tramo, pero aquí logra una intensidad argumental que se mantiene de principio a fin, con un estilo que supera al tomo que mejor estaba escrito hasta ahora, Festín de cuervos, y encima remata con una serie de sucesivos desenlaces que te funden los plomos. Un hecho en concreto, de resultar las cosas como parecen, bien podría terminar con una buena parte de los seguidores de la saga lanzando el libro al contenedor de basuras. Yo creo que Martin ha querido dejar así las cosas mientras se piensa si sí o si no... hasta que salga el próximo libro. Qué listo, el tío. Y lo más interesante es que el resto del relato no presagia este desenlace. Más bien da la impresión de que el autor ha querido convertir lo que antes eran muertes en resurrecciones, lo que antes era puro folletín en una narración sosegada y descriptiva, digna del exotismo colorista de ese rico universo suyo que aquí se expande una vez más como una gigantesca supernova de pueblos, religiones, vestuarios, costumbres y gastronomías... La verdad es que A Dance with Dragons es, salvo por una recta final que nos devuelve a las urdimbres típicas de la saga, una impresionante novela clásica de aventuras, llena de viajes a lugares lejanos y escenas de acción trepidantes en las que, sorprendentemente, es el lenguaraz enano Tyrion quien lleva la voz cantante donde antaño estas hazañas recaían más bien en gente como Jon o Arya Stark, más dados a la acción física.

Portada del primer tomo (de dos) en la edición croata.

Más bestia que nunca (desmembramientos, evisceraciones, quemaduras supurantes, diarreas), más grueso, más complicado, más grandioso, aunque quizá con algo menos de sexo por aquello de no darse las situaciones oportunas, A Dance with Dragons pone -esta vez sí- el listón tan alto que George R. R. Martin se las va a ver negras para terminar la saga al mismo nivel, y en esos dos únicos tomos que en teoría faltan. Si lo consigue, y todo apunta a que está en condiciones de lograrlo, estaremos hablando seguramente de la mayor obra jamás concebida en el género de la fantasía épica, junto a esa otra que todos sabemos.

domingo, 1 de agosto de 2010

Capítulo 12: LA TRASTIENDA DE J.R.R. TOLKIEN (I)


El que John Ronald Reuel Tolkien sea uno de los grandes nombres de la literatura del siglo XX va mucho más allá del éxito de la famosa trilogía cinematográfica sobre El Señor de los Anillos. La de este profesor de literatura en Oxford es la historia de un hombre empeñado en tejer toda una serie de sagas heroicas que trascendiese lo meramente literario para convertirse en una especie de mitología alternativa a la escandinava, la germánica y la islandesa, por citar solamente unas cuantas de sus primas lejanas. Todos conocemos en mayor o menor medida ese mundo que él llamó Arda (la famosa Tierra Media no es sino una región de ésta), poblado de elfos, orcos, enanos, humanos y hobbits, y en el que un misterioso anillo trae de cabeza a unos y otros. Pero no estamos necesariamente al tanto de lo que pasaba por la cabeza de aquel pacífico erudito universitario mientras desplegaba sobre el papel lo que para muchos una simple trama fantástica.

Mapa de Arda. La Tierra Media es el continente de la derecha.

Lo primero que debe tenerse en cuenta es que, por más que El Señor de los Anillos sea universalmente aceptada como la obra cumbre de Tolkien, la más famosa e influyente a nivel popular sin la menor duda, su autor nunca la concibió como tal. Para él, lo verdaderamente importante era una historia muchísimo más amplia que abarcaría toda la historia de su universo, desde su misma creación hasta el momento en que los seres que habitaban en él dejaron de ser muy distintos de los que conocemos en el mundo en que vivimos. Toda esta trastienda tolkiana está básicamente integrada por poemas épicos que el autor venía desarrollando desde su juventud, inspirados en algunos casos por sus propias vivencias, desde los grandes y pequeños viajes que llevó a cabo en sus años de estudiante hasta su experiencia como soldado en la Primera Guerra Mundial y su posterior empleo como docente, lingüista y ensayista especializado. Este corpus literario iba siendo ensamblado lentamente como parte de un solo gran argumento que, a la muerte del escritor en 1973, recopilaría muy acertadamente su hijo Christopher en el libro que hoy conocemos como El Silmarillion. Este libro es la verdadera gran contribución de Tolkien, al menos ante sus ojos, de cara a la historia de la literatura.

Un joven J. R. R. Tolkien.

¿Dónde queda entonces El Señor de los Anillos en la producción literaria de Tolkien? Pues en principio, esta larguísima trilogía fue concebida sencillamente como una secuela más o menos oportunista de su best-seller de 1937, El Hobbit. Animado por su editorial, Allen & Unwin, Tolkien terminó dando su brazo a torcer en sus demandas de una nueva aventura del bonachón y valiente Bilbo Bolsón, reto que al parecer afrontó en principio con cierta desgana. Alguna súbita revelación debió tener el profesor cuando lo que iba a ser otra divertida aventura con dragones y demás se desplegó en su mente como una posibilidad de, como quien no quiere la cosa, entroncar con la colección de poemas que guardaba en algún arcón y escribir lo que venía a ser la conclusión de la epopeya cuasi-bíblica del mundo de Arda y sus pueblos, utilizando como nexo aquel anillo no demasiado importante con el que el bueno de Bilbo salía del atolladero un par de veces en El Hobbit. Efectivamente, El Señor de los Anillos no es sino la conclusión de la mitología de J.R.R. Tolkien, a pesar de que haya quien concibe sus demás escritos como meras "precuelas".

Túrin Turámbar, uno de los personajes más destacados de El Silmarillion.

Quien haya leído El Silmarillion (cosa que recomiendo con todas mis fuerzas) comprobará que la ya bastante compleja urdimbre de tramas de El Señor de los Anillos se convierte aquí prácticamente en la "Biblia" de un mundo que nunca ha existido, pero que bien podría ser el nuestro si atendemos a las altas y bajas pasiones que le otorgan coherencia. Cualquier drama personal de la trilogía toma aquí dimensiones shakespearianas; cualquier refriega es aquí una colosal guerra mundial; cualquier amor es digno aquí de desencadenar la destrucción o la salvación del mundo. Y no olvidemos el trabajo que debió suponer el crear varias lenguas para las criaturas de Arda, idiomas que son incluso utilizables en la práctica por cualquiera, friki o no, que se tome la molestia de aprenderlas.

Las águilas vuelan hacia la ciudad secreta de Gondolin, en El Silmarillion.

Por supuesto, salta a la vista al tener en las manos El Silmarillion que no es una obra especialmente extensa, menos teniendo en cuenta la cantidad de material que manejó Christopher Tolkien para su elaboración. Evidentemente, se trata de un resumen condensadísimo de los poemas del padre, y no habría sido justo que aquellos trabajos quedasen relegados a una simple fuente. Por eso, y pese a las injustas acusaciones de pesetero y aprovechado por parte de algunos indocumentados, Christopher Tolkien ha ido publicando pacientemente todos los manuscritos de su padre tal cual fueron creados, agrupados todos ellos en dos extensas series: Historia de la Tierra Media, publicada en nueve volúmenes, e Historia de El Señor de los Anillos, publicada en cuatro gruesos tomos, todo ello bien lleno de anotaciones, genealogías y gráficos. La primera serie abarca los poemas de Tolkien sobre la mitología antigua de Arda, cuando los elfos y sus deidades convivían en un mundo joven en el que todavía no habían sido creados en sol y la luna, y cuando el villano supremo era Morgoth, El Gran Enemigo, del que Sauron, villano máximo en El Señor de los Anillos, no era sino un vasallo. La segunda serie está concebida sobre todo como una visión pormenorizada del proceso de escritura de la famosa trilogía, incluyendo los borradores descartados de cada capítulo, los problemas que el autor iba encontrándose a la hora de desarrollar la trama, etc.


Ando estos días hojeando -que no leyendo, pues su complejidad es aterradora- El retorno de la sombra, primer tomo de la Historia de El Señor de los Anillos, incitado sobre todo por la fascinación que despierta comprobar los pequeños pasos que dan los genios en la trastienda de su mente mientras, a veces sin pretenderlo, conciben obras que rebasan cualquier expectativa de sus propios autores. Ahora me voy enterando de que Frodo iba a llamarse Bingo, de que aquel primer jinete negro que olfateó a los hobbits en el camino a Bree era el mismísimo Gandalf, de que Aragorn era un hobbit de nombre Trotter, y sobre todo de que Tolkien no tenía ni idea de qué iba a pasar en cada capítulo mientras redactaba el anterior. A ver si se me pega algo.

jueves, 8 de abril de 2010

Capítulo 9: TRAS LA TORRE OSCURA

Uno de los autores más injustamente menospreciados de nuestros días es el norteamericano Stephen King. Yo mismo he pasado muchos años bromeando sobre la discutible maestría de alguien que lanza al mercado un ladrillo de 800 páginas año sí, año también. Hasta que llegó a mis manos la primera entrega de la que él mismo considera su más importante legado literario: la saga de La Torre Oscura, titulada en su día La hierba del diablo y rebautizada en castellano como El pistolero. Stephen King comenzó este primer libro de la serie antes que ninguna otra de sus obras, en los tiempos de sus estudios universitarios, si bien no salió a la venta hasta 1982, tras su consagración como autor de bestsellers de éxito. La última y definitiva entrega, titulada simplemente La Torre Oscura, salió a la venta en 2004.

Portada de la edición en castellano de El pistolero.

He descubierto que hay un Stephen King que no se dedica al terror, lejano en muchos aspectos al autor de Carrie, El resplandor y La tienda. El Stephen King de La Torre Oscura se erige en narrador fantástico, alejando su universo del nuestro y situándonos súbitamente en un árido desierto en el que alguien a quien no conocemos llamado "el pistolero" persigue a otro desconocido, al que llama "el hombre de negro". La historia parece estar más que comenzada cuando llega a nuestros ojos, y se despliega en un escenario de dimensiones colosales, mezcla del lejano Oeste de los cowboys, las pesadillas de Lovecraft, la leyenda artúrica y los territorios pseudo-medievales de Tolkien.

Ilustración de portada de la precuela en cómic de La Torre Oscura.

A propósito de Tolkien, decir que la Torre Oscura a la que se refiere el título de la saga no es aquélla en la que vive Sauron, sino una especie de portal dimensional que, de alguna manera, no sabemos si verdaderamente existe como un lugar físico o es más bien alguna clase de Santo Grial de la mente. Consigue King una ambientación tan poderosa que esta Torre Oscura, tan solo después de ser mencionada un par de veces, se convierte en un elemento tan atractivo para el lector que se encuentra uno dispuesto a seguir leyendo los libros de la saga hasta el final para saber qué hay en su interior, y si el protagonista, el pistolero (no creo que destripe nada del argumento si digo que su nombre es Roland, como el del cantar de gesta nacional francés) logra encontrarla y desvelar sus misterios. Que conste que con Stephen King nunca podemos dar por sentado lo que creemos que va a suceder.

El pistolero Roland en una de las muchas ilustraciones existentes sobre la obra.

Stephen King va dosificando la información sobre sus personajes con mucha sutileza, hasta el punto de que deseamos no saberlo todo y mantener el misterio abismal que los rodea. El pistolero Roland encarna el héroe parco en palabras de tantas obras clásicas de aventuras, recuperado de forma directa del moralmente ambiguo Clint Eastwood de El bueno, el feo y el malo, mientras que el hombre de negro, una especie de hechicero, es una figura que inspira temor precisamente por lo poco que se nos da a conocer sobre ella.

Creo que este personaje, llamado "El Rey Carmesí" es el gran villano de la saga.

La inspiración para la saga viene de un poema de Robert Browning, Childe Roland to the Dark Tower Came ("El muchacho Roland vino hacia la Torre Oscura"), incluido en los apéndices de El pistolero, pero creo que sus referencias, además de las antes apuntadas, son tan variadas y dispares que puede uno mencionar desde el mundo del cómic hasta las canciones de The Beatles. Además, y para aumentar todavía más el peso cultural de la saga, King ha hecho figurar personajes y situaciones de La Torre Oscura en otras novelas suyas como It, La niebla, El talismán, El resplandor, La zona muerta o La historia de Lisey. Es como si este inusual autor arraigase La Torre Oscura en el acervo cultural del resto de su obra como novelista, como si cada uno de sus personajes clásicos (la telequinética Carrie, el enloquecido Jack Torrance y hasta el payaso Pennywise) hubiese oído alguna vez hablar del pistolero Roland y sus andanzas en pos de aquello que espera encontrar cuando finalmente ascienda los escalones de la Torre que hay más allá del espacio y el tiempo. Quien no se haya atrevido todavía con estos libros, está perdiendo su tiempo de una manera lamentable.

lunes, 29 de marzo de 2010

Capítulo 6: CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO; JUEGO DE TOCHOS

Ilustración conceptual sobre el personaje de Eddard Stark.

Uno de los grandes fenómenos editoriales de los últimos años, corredor de fondo si se lo compara con el asunto DaVinci y sus émulos, los vampiros de instituto y el policíaco nórdico, es el desatado por la saga Canción de hielo y fuego, del autor norteamericano George R. R. Martin. Fácil resulta sacar conclusiones al ver esas dos "R" de su nombre, y acertaríamos: la obra en la que se encuentra inmerso Martin rivaliza en ambición con la excelsa saga fantástica de J. R. R. Tolkien, si bien una cosa es lo que uno espera encontrar, y otra lo que termina hallando.

El de la ilustración es Jon Nieve, bastardo de Eddard.

Canción de hielo y fuego se compone de -hasta el momento- cinco volúmenes: Juego de tronos (1996), Choque de reyes (1998), Tormenta de espadas (2000), Festín de cuervos (2005) y Danza de dragones, esta última pendiente de publicación. Si no me equivoco, quedarían otros dos libros por publicar antes de que la saga concluya del todo. Eso sí, dicen las malas lenguas que Martin pensó, como todo hijo de vecino, en una trilogía, aunque terminó por estirar el invento. Y no es mal invento, desde luego, porque hay medio mundo en ascuas.

Ésta es Daenerys Targaryen.

Cada uno de los volúmenes que componen la serie es de una longitud descomunal, de 600 a 1000 páginas por lo menos, siendo Tormenta de espadas el más largo, con dos tomos de grosor tremendo. El argumento, en principio, no dista mucho del de cualquier otra saga de fantasía épica medieval: una serie de reinos con sociedades feudales enfrentados por el control de un vasto territorio llamado Poniente que el lector puede tener a mano con el imprescindible mapa al principio de cada tomo. Aquí las estaciones duran años, y en el momento en que comienza la acción se atisba la llegada de uno de los inviernos más crudos sufridos por el continente. Vamos conociendo poco a poco a las diferentes casas que se reparten el territorio -cada una con su correspondiente símbolo heráldico-, encabezadas por quienes parecen llamados a protagonizar la historia, los Stark, que dominan el frío norte. No quiero desvelar demasiado del argumento, pero la cosa empieza a tomar forma sobre todo en tres frentes: el más evidente, el que se abre a raíz de que el borrachuzo y putañero rey Robert Baratheon pide al valiente y noble Eddard Stark que se convierta en su primer ministro, su "Mano", tras la misteriosa muerte del anterior hombre en el cargo; el de los príncipes herederos de la anterior dinastía, Viserys y Daenerys Targaryen, que desde el exilio intentan organizar alguna clase de contraataque para recuperar el trono de Robert, el usurpador; y el de una serie de extraños y paranormales sucesos que tienen lugar en el extremo norte de Poniente, donde un gigantesco muro vigilado por monjes guerreros separa el mundo civilizado de una naturaleza indómita que alberga entidades de aterradores poderes.

Doble portada de Tormenta de espadas.

Lo que convierte a Canción de hielo y fuego en una propuesta literaria con personalidad propia es el estilo que maneja Martin a la hora de organizar la narración: cada capítulo lleva el nombre del personaje que lo protagoniza y que, de alguna manera, filtra los hechos a través de sus ojos, llegando siempre a un final sorprendente (un "cliffhanger" en toda regla) que obliga al lector a seguir leyendo febrilmente. Resulta sorprendente ver con qué velocidad pasa uno las páginas de estos tochos tremendos. George R. R. Martin tiene amplia experiencia como guionista de series de televisión (En los límites de la realidad, por ejemplo), y eso se nota. Además, el éxito fulgurante de series como Perdidos ha ayudado sin duda a afianzar este modo de contar historias enganchando al público. Lo malo en este caso es que los seguidores de estos libros llevan comiéndose las uñas desde el '96, y quién sabe cuando terminará la saga.

Éstos no se quiénes son, pero vete a saber.

Y luego está el tema que más me llama la atención de la serie: la visión que ofrece Martin de las relaciones humanas, casi siempre basada en la crueldad extrema, el sexo explícito y las ansias de poder por encima de todo. Pese a lo que pueda parecer mirando a las portadas españolas, no estamos hablando de una mera excusa para montarse un juego de rol, ya que Canción de hielo y fuego está mucho más cerca del Robert Graves de Yo, Claudio o de las mafias de Mario Puzo que de las novelas de Dragonlance. Yo no regalaría Juego de tronos a un chaval de 12 años, precisamente. También prevengo al aficionado que pueda sentirse atraído a esta serie, diciéndole que no debe encariñarse con ningún personaje, ya que a menudo los giros argumentales exigen que ruede la cabeza de quien uno menos se espera, a veces a destiempo y siempre en pos de desconcertar al lector y destrozarle cualquier esquema precondebido. Es una saga bastante amarga en lo que a satisfacer nuestras ansias de "justicia divina" se refiere.

Portadas de ediciones en inglés. Hay más ediciones, que conste.

Por último, y a riesgo de que la entrada me salga tan larga como una entrega de la serie, quiero tratar el tema de la comparación con El señor de los anillos. Primeramente, quede claro que no soy partidario de comparar estos dos libros por el hecho de pertenecer al mismo género, sobre todo considerando que no se parecen en nada, pero bueno. Pienso que Canción de hielo y fuego es una de las dos o tres mejores sagas literarias fantásticas jamás escritas, aunque Tolkien jugaba en otra liga, y las suelas de sus zapatos son altas como zancos. Martin maneja un lenguaje correcto aunque no especialmente brillante, poniendo en boca de algunos personajes frases lapidarias propias del pulp más pedestre, y puede resultar excesiva la atención que dedica a la descripción de vestuarios y emblemas todas y cada una de las veces que fulano o mengano entra en escena. También se detiene muchísimo a explicar qué viandas hay sobre las mesas de los señores de los Siete Reinos. En fin, que pese a lo que algunos puedan deducir de esta entrada del blog, en la que puedo haber sido bastante crítico en algún momento, recomiendo sólidamente la lectura de esta estupenda serie de libros, estimulantes y audaces como pocos, que harán las delicias de quienes gustamos de leer por placer. Terminé Juego de tronos hace unos meses, y ya estoy deseando hacerme con Choque de reyes. Es que enganchan, de verdad.

Bizarrada del día: George R. R. Martin con Álex de la Iglesia en el plató de Plutón BRB Nero, cuando el escritor se encontraba en España buscando localizaciones patrias para la adaptación a teleserie de Juego de tronos por parte de la cadena HBO.

lunes, 18 de enero de 2010

Capítulo 1: LOS HIJOS DE DRÁCULA

En 1897 se publicó la novela que establecería para siempre al más famoso de los vampiros como arquetipo inamovible de su raza, además de convertirse en la figura cumbre del género de terror en todas las artes: el Conde Drácula. Inspirado tanto en la novela gótica victoriana como en el folclore de la Europa oriental, el irlandés Bram Stoker realizó la más famosa pieza de literatura epistolar -basada en cartas- que se haya concebido hasta el día de hoy.

Primera edición de Drácula.

Desprovisto de todos los atavíos de Don Juan de opereta que más tarde le otorgó el cine, el vampiro de Stoker era viejo y delgado, e iba completamente vestido de negro, con cejas y nariz prominentes, y con pelo en las palmas de las manos, además de un bigotazo. También poseía una enredada cabellera y labios carnosos. En fin, que Bram Stoker, si bien no visitó Transilvania para recrearla en el primer tramo del libro, sí que debía tener cierto conocimiento de la historia de Vlad Tepes, el príncipe de Valaquia conocido por la crueldad que desplegaba en sus afanes por mantener a raya el avance de los turcos, probablemente por aquello de disuadirles metiéndoles miedo con lo que les esperaría si ponían sus pies en la actual Rumanía. Se dice que pertenecía a la Orden de los Dragones, y de ahí vendría el nombre del personaje literario.

Drácula, sin embargo, es una de las novelas que con mayores infidelidades se ha topado en su interpretación con el paso de los años. La obra basaba su mensaje en el miedo de la encorsetada sociedad británica a todo lo que supusiese un cambio o una ruptura de las reglas del buen gusto: el vampiro es un tipo raro, extranjero para más morbo, que se cuela en las habitaciones de señoritas de prístina inocencia para alimentarse de su sangre, que viene a ser -visto con malos ojos, naturalmente- una forma un tanto retorcida de erotismo. Y los demás personajes no dejan de expresar su infinita admiración por la bondad y la cortesía de cada uno de ellos, consiguiendo que las acciones del Conde parezcan todavía más despreciables al tratarse de una panda de gente tan buena: Mina y Jonathan Harker, el doctor Seward, Arthur Holmwood y Quincey Morris, Lucy Westenra y el entonces buenazo de Van Helsing. Tampoco falta una visión... digamos... ingenua de los roles de hombres y mujeres en la sociedad.

Fotograma de Nosferatu.

En fin, que unos cuantos años después llegaría a las pantallas mudas Nosferatu, una sinfonía del horror (1922), de F. W. Murnau, el primer gran intento de adaptar Drácula -si bien no se llamó del mismo modo por no pagar derechos a la viuda de Stoker-. La trama es distinta, aunque las bases están ahí. Curioso es también el posible miedo al extranjero que podría desprenderse de la película: el conde Orlok trae consigo una plaga de ratas. Después se estrenaría la famosa adaptación de Tod Browning, no muy acertada para mi gusto, ya que está basada en una obra de teatro que no tiene demasiado en cuenta la atmósfera romántica de la novela. En Drácula (1931), eso sí, nos encontramos con la magnífica actuación de Béla Lugosi, cuyo personaje de talante aristocrático y ligón es heredado de El Vampiro de J. W. Polidori, no del de Stoker, aunque la caracterización de Lugosi ha quedado ya casi fijada como canon. De ahí salió el interesante aunque económico Conde de la Hammer Films un par de décadas después, encarnado por el inolvidable Christopher Lee en múltiples -y en algunos casos, delirantes- secuelas y crossovers. El último Drácula a la antigua fue el de John Badham en los '70, en la piel del demasiado guaperas Frank Langella. Francis Ford Coppola le dio en los '90 un barniz enrarecido y le salió una especie de folletín romántico, no tan fiel como prometía el título Drácula de Bram Stoker, pero sí brillante en su factura. Hubo una olvidable Drácula 2000 y un más olvidable spin-off de Van Helsing del que ya hablaremos.

Cartel de Drácula (1931).

Como hay muchas más películas de Drácula y multitud de cómics, series de televisión y relatos sobre el vampiro, no me extenderé más de la cuenta e iré al grano: el vampiro en la actualidad sigue vivo, pero no se si para bien. Hace unos años pude leer la muy recomendable La historiadora, de Elizabeth Kostova, enclavada para su desgracia en la generalmente infumable corriente actual de la novela histórica de investigación. Me bastó leer la frase "yo soy Drácula" en una de las páginas para saber que la cosa iba en serio, por mucho que el descabellado argumento (que incluye un complot para dotar a los líderes de la U.R.S.S. de la inmortalidad del legendario empalador) pudiese parecerme imposible en un principio. Tampoco parece estar mal del todo la saga vampírica de Anne Rice, aunque no opinaré porque todavía no la he leído. Eso sí, pudo sembrar las semillas de lo que vendría después...

Edición americana y española de La historiadora.

Me refería a los vampiros de Crepúsculo, chupóptera la Stephenie Meyer del carácter amatorio de los Dráculas post-Bram Stoker, aunque arrancándoles a todos ellos su inquietante presencia para convertirlos en objeto de deseo de instituto. Paliduchos, longevos, sedientos en plan yonqui y poco más. Se veía venir tras los nosferatus macarras de Jóvenes ocultos, las peripecias acrobáticas del comiquero Blade, y también tras la pseudo-saga Underworld, que parecen estar asentando nuevos cánones: la presencia de vampiros en nuestra sociedad, de forma encubierta, y una supuesta lucha milenaria entre vampiros y hombres lobo.

Ediciones en español e inglés de Drácula, el No-muerto.

Tampoco me parece muy halagüeña, a priori, la perspectiva de leer Drácula, el No-muerto, novela de reciente aparición que, bajo el nombre de un descendiente directo de Bram Stoker, Dacre Stoker, podría ocultar una mera oportunidad de explotar el reciente renacimiento vampírico. No se si será el caso, pero ciertas premisas argumentales de esta obra me hacen pensar que el título de esta entrada puede ser más acertado de lo que sospeché al redactarlo. Seguiremos hablando de vampiros en otra ocasión.

P. D. Pensaba añadir el famoso retrato de Vlad Tepes en la parte superior del texto, pero aunque he encontrado unas diez imágenes del mismo, no me ha funcionado la herramienta "añadir imagen" con ninguna de ellas... tratándose de un personaje tan singular, prefiero no insistir.