martes, 27 de noviembre de 2012

EL LAGO DE BOO' YA MOON

No disfrutaba tanto de una novela de Stephen King desde Misery. La Historia de Lisey  es un libro de amor, pero claro, del amor que Tito King sabe escribir, con momentos épicos y secretos atroces guardados post mortem. La protagonista de la historia es un álter ego de Tabitha King, esposa del novelista. Lisey, es la viuda de un escritor famosísimo que ha dejado tras de sí una especie de juego de Caza del Tesoro, para que ella pueda defenderse contra las cosas que la amenazarán después de muerta. Algunas son recuerdos, otras muy reales como un admirador psicópata que quiere el material inédito de su esposo. Y realmente entramos en la complicidad genial entre ambos, y nos conmovemos por lo que han sufrido. Scott Landon, el héroe trágico y marido de Lisey, prepara una dáliva (palabra que no existe en el diccionario RAE, y que vendría a ser algo así como un premio engañoso) que es una especie de jugarreta, un juego privado de pistas que conducen hasta un premio final, a veces bueno, a veces malo, pero que hay que resolver obligatoriamente. Y así es como un libro en apertura realista, se va volviendo poco a poco fantástico, a base de ir sugiriendo, sugiriendo, hasta llegar a un país recóndito de la imaginación colectiva, maravilloso y bello, pero también poblado de cosas peligrosas y de reverso oscuro, como los sueños hermosos que se van tornando en pesadilla. King dota como siempre de una profunda humanidad a los personajes, cuyos diálogos y pensamientos superan al contexto de todas sus obras. Porque la Historia de Lisey es una profunda metáfora, que trata de la fantástica posibilidad de que aún quede algo por decir y hacer tras la desaparición de un ser querido. De la atractiva posibilidad de que el silencio triste que nos deja una pérdida no fuera total. De la despedida abrumadora del amor, del amor real de verdad, con altibajos y puro a pesar de su imperfección (pues se deja entrever que en la relación de Scott y Lisey no todo fue bueno) De lo terrorífico  de que un monstruo pueda sentir amor. Entre las alabanzas al libro, (Michael Chabon, Nicholas Spark) hay una escritora que dice que King ha conseguido lo que nunca para con ella: romperle el corazón. Ya había amor en otras novelas de Stephen King ( a mí el final de la anteriormente comentada Cell, me descuartizó) y ese amor es creíble por la forma cómplice de explicarlo al lector, haciéndolo sentir receptor único de una jerga propia. Y cualquiera que haya leído este libro sabe que no se puede estar de campaneo por las fresias, que el chaval morado está al acecho, que al final Lisey PPCCN por última vez, y que aunque  la realidad sea Ralph,  todo sigue igual.   
 

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